“Tinta en el Matraz”: Ya están los ganadores de la primera versión del concurso nacional de microcuentos científicos

01 Jul 2017

De Punta Arenas, Santiago y Antofagasta son los tres mejores microcuentos científicos de la primera versión de “Tinta en el Matraz”, organizada por la productora de comunicación científica DIVULGOCIENCIA y la agencia de diseño VISUALÓGICA, y patrocinada por nuestro centro CIBAS.

El primer lugar se lo adjudicó el cuento “Instrucciones para hacer un humano”, escrito por el biólogo José Rizo; mientras que el segundo y el tercer lugar fueron para “El amor en tiempos de sequía” y “Un crimen en 100x”, de la bióloga ambiental Diana Lillo y del biólogo Alex Echeverría, respectivamente. Así, estos autores se hacen acreedores de los premios del concurso consistentes en dinero en pesos chilenos ($300.000, $200.000 y $100.000).

Primer Lugar: José Rizo, Biólogo, Punta Arenas.

Instrucciones para hacer un humano

 Ingredientes:

  • Átomos de hidrógeno
  • Un meteorito (opcional)
  • 1,5 kilos de curiosidad
  • 3 litros de egocentrismo

Preparación:

1) En un recipiente del tamaño del universo, forme átomos de hidrógeno. Recomendamos empezar con un Big Bang.

2) Junte hidrógeno suficiente para conseguir un horno-estrella a 250.000 °C. Mezcle y saltee hasta obtener otros átomos. Poner énfasis en carbono, oxígeno y nitrógeno, pero no descuide a los demás.

3) Cuando tenga los átomos al dente, amáselos hasta formar una bola grande. Manténgala a distancia de su horno-estrella para dorarla lentamente. No reduzca la preparación, para mantener el líquido que se forme.

4) Deje reposar 900 millones de años, hasta que genere vida.

5) Someta su bola a ciclos de calor y frío intensos a intervalos de 50 a 100 millones de años. Si extingue a todos los organismos, vuelva al paso 3 (Sugerencia: si aparecen dinosaurios, ablande la bola aplicando presión con el meteorito).

6) Repita el proceso hasta que observe simios. Elija uno, aféitelo hasta obtener un mono desnudo. Infle su cerebro y enséñele a caminar en 2 patas. Agregue curiosidad y egocentrismo lentamente.

¡Ya tiene su humano!

ADVERTENCIA: Forme los estrictamente necesarios. Fuerte riesgo de indigestión al ecosistema.

Segundo Lugar: Diana Lillo, Bióloga Ambiental, Santiago.

El amor en tiempos de sequía

Ella siempre lo supo, su misión en la vida era ser madre; sin embargo, hacía mucho tiempo que no veía candidatos decentes para cumplir con la abrasadora tarea. “El ambiente está demasiado seco”, decían en la población. Es por eso que cuando el monumental hombre, tan dotado y generoso, llegó fecundando a sus vecinas, ella no dudó en lucir su mejor tenida para lograr llamar su atención, ese tempestuoso color rosa aterciopelado. Al principio, él solo la observaba, a veces incluso tomaba notas. “Raro”, pensó ella, pero su instinto le decía que era lo correcto, que cosas buenas vendrían de un apasionado encuentro entre ella y el extraño observador. Cuando él se posó en frente, ella simplemente cedió y abrió suavemente sus extremidades, exhibiendo su hambriento interior. Con un pequeño pincel lleno de polen, el hombre comenzó a fertilizar a la pequeña Alstroemeria. El acto fue frío, indiferente. Ninguno buscaba amor.

Tercer Lugar: Alex Echeverría, Biólogo, Antofagasta.

Un crimen en 100X

 Escherichia era una respetada dama en la sociedad microbiológica. Solía asistir a eventos sociales importantes, como la inauguración del nuevo inodoro del congreso o la apertura de temporada de playas. Fue por eso que su muerte causó tanta conmoción. El principal sospechoso era el señor Shigella, con quien se rumoreaba existía una conjugación y se le buscaba incansablemente. Sin embargo, las extrañas circunstancias de su muerte no calzaban con un crimen pasional. Desde hace algún tiempo, sus cercanos habían notado cambios en su personalidad: su expresión ya no era la misma, se aislaba y trabajaba en algo misterioso.

Cuando la encontraron, su cuerpo estaba abierto y su pared lisada, parecía haber estallado. Su avanzado estado de desnutrición contradecía la imagen rebosante que tenían de ella los últimos que la vieron. Toda la microbiota estaba consternada y la policía desconcertada. El inspector Lactobacillus citó a toda la familia de Escherichia para interrogarla. Al entrar a su oficina, observó que una de las tías traía una mascota fuertemente abrazada.

– ¡Qué extraña criaturita! – Comentó el inspector – ¿Cómo se llama?

– Me lo obsequió mi sobrina. Es un fago y su nombre es T4 – dijo la obesa tía en un tono de desprecio y con la mirada perdida.

 

 

 

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